LAS AMIGAS TAMBIÉN ROMPEN EL CORAZÓN

Por Ana Celia Aguirre

Hace poco me encontré un articulo de un libro escrito por una autora Anna Goldfarb del New York Times. En él, aborda cómo solemos asociar la idea del “corazón roto” exclusivamente con el amor de pareja. Sin embargo, para ella, la experiencia más dolorosa provino de una amistad: su mejor amiga, aquella con quien compartía su día a día. Era con quien se desahogaba, hablaba de las preocupaciones sobre sus hijos, las discusiones con su esposo, e incluso lo que pensaba y sentía frente a las pequeñas y grandes cosas de la vida. Esta amiga era su refugio, su espacio seguro, quien la escuchaba y reía con ella.

Un día, sin previo aviso ni explicación, su  amiga se distanció. Simplemente decidió terminar la relación. Esa decisión le dio gran tristeza, y enojo. Muchas frases resonaban en su cabeza: “Tal vez no era mi amiga de verdad” o “No merece mis lágrimas”. Era un remolino de emociones contradictorias que solo confirmaban una realidad: había sufrido una gran pérdida. Más allá de las razones de su amiga, lo que quedaba era un corazón roto y un vacío profundo por la ausencia de esa compañía tan significativa.

Con el tiempo, comprendió que lo que sentía era un duelo real. Al permitirse vivir el dolor y llorar la ausencia, el enojo empezó a disminuir. Aceptar que esa relación se había perdido fue clave para su sanación.

Esto me hizo reflexionar sobre mis pérdidas, decepciones de amistades  y de cómo voy etiquetando mis  emociones. Parece que existen reglas implícitas sobre cuándo y por qué debemos sentir tristeza, enojo o injusticia. Pero, en realidad, nuestras emociones no deberían estar condicionadas por juicios o expectativas. Son simplemente lo que son: una respuesta genuina a nuestras experiencias.

Brené Brown, experta en el tema de vulnerabilidad, sostiene que la vulnerabilidad es una fortaleza, no una debilidad. Es la capacidad de mostrarnos auténticos y conectados con lo que realmente sentimos. Abrazar esa vulnerabilidad nos lleva a un mayor autoconocimiento, lo que a su vez nos ayuda a procesar mejor nuestras emociones y a prevenir heridas más profundas.

Una estrategia que me ha resultado valiosa es la práctica de la autocompasión. Reconocer que está bien sentir lo que sentimos, hablarnos con amabilidad y, una vez que aceptemos esas emociones, imaginar cómo podemos dejarlas ir. Por ejemplo, visualizar que la emoción se disuelve con cada exhalación puede ser una herramienta poderosa.

Al final, cuando estamos listos, podemos preguntarnos: “¿Qué aprendí de todo esto?”. Porque incluso las experiencias más dolorosas tienen el potencial de transformarse en oportunidades de crecimiento y fortaleza interior.

Ana Celia Aguirre

Educadora con especial interés y experiencia en los ámbitos del desarrollo humano y social. Líder de la Liga de la Leche.

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